Manuel Ocampo, un enfant terrible del arte de nuestros días

La obra “A Liberating Rhetoric Shrunken into the gratuitous structure of the grid”, del artista filipino forma parte de la colección de La Fundación Canaria Para el Desarrollo de la Pintura.

Manuel Ocampo, nacido en 1965 en la localidad filipina de Quezon City, no deja indiferente a nadie con sus obras. Cuando alguien contempla por primera vez un cuadro de Ocampo, sufre un shock. No es sólo la brutalidad de sus imagenes lo que te deja así, su pintura es lo que más sacude al espectador. Su ferocidad blasfematoria que a través de sus orígenes filipinos, ha podido experimentar la mezcla explosiva de un catolicismo contrarreformista con los ritos cruentos de una cultura indígena llevada al límite, enmascaran su gran pincelada neoexpresionista.

“No me falta nada”, 1991. Óleo y collage sobre tela, 183 x 244 cm.

Crucifijos, penes, cruces gamadas, dinero, cuchillos, gusanos, la cruz cristiana, los dibujos animados y excrementos, son sólo algunos de los iconos ya recurrentes en la obra de Manuel Ocampo, y sobre los que el artista acude para abundar en las problemáticas de definición e identidad cultural. El carácter burlesco y satírico de sus imágenes, sus grotescas actitudes, así como su caricaturesca puesta en escena, en representaciones que tanto descienden a la categoría de lo escatológico como se subliman en la abyección, no resultan sino, en el modo en que se pintan, tiernas irreverencias. Es en ese espacio de indefinición, en esa ambigua escenificación, cuando lo pintado, en explícitas alusiones a la violencia, el sexo, la religión o la política, se vuelve indigesto. Voraz engullidor de imágenes, Ocampo acude a ellas para agitarlas, cambiarlas de lugar, recomponerlas y, finalmente, ponerlas en tela de juicio bajo la coartada de la pintura.

 

“A Liberating Rhetoric Shrunken into the gratuitous structure of the grid”, 2000, acrílico sobre lienzo, 198 x 240 cm.

La obra de La Fundación Canaria Para el Desarrollo de la Pintura “A Liberating Rhetoric Shrunken into the gratuitous structure of the grid”, refleja esa pintura descarada, violenta, bastarda y satírica; con la firma personal del artista filipino.

Así el artista ha señalado que sus obras “son intentos de exorcizar cualquier sentido de legitimidad cultural dentro de un campo puramente potencial de ideas inintelegibles que se enfrentan de plano a la realidad de la propia idea de cultura”.  Por esto, Manuel Ocampo ha venido a llamarse un enfant terrible del arte de nuestros días.

Porque lo cierto es que para el artista, rebelde por naturaleza, que apareció, a principios de los 90, como el máximo exponente del arte filipino contemporáneo en el escenario internacional, “todo es un caos”, y su pintura la mejor prueba.

 

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